De cuando la técnico en seguridad alimentaria terminó ingresada en el hospital con una toxoinfección

Ya va siendo hora de plasmar por el blog, la anécdota que cae en casi todas las formaciones que imparto. Para que mis alumnos vean que, hasta el mejor cazador, puede ser cazado.

Allá por el 2019, todavía no había montado mi empresa, pero ya me había preparado y estaba formada en seguridad alimentaria y nutrición.

Es muy típico de las zonas rurales, como en la que yo vivo, agasajar a la gente con “productos de la tierra o hechos por uno mismo”. Y en mi casa, por mi profesión y la de mi pareja, eso está a la orden del día. 

Que si una caja de fruta por aquí, una calabaza, por allá, una botella de vino, unos bombones, un postre y sí. Mea culpa. Un cubo de huevos frescos, un quesito casero…

¡Ay! ¡El quesito casero!

Llegando a final de agosto, un día cualquiera, me empiezo a encontrar mal. Lo que solemos llamar, mal cuerpo. Malestar, unas décimas de fiebre que van subiendo y no remiten con nada. Una profusa sudoración nocturna hasta el punto de tener que cambiar sábanas y pijama. 

Y así un día, otro y otro. Hasta que me convencieron para ir al hospital. 

En urgencias me exploran, me hacen placa, analítica y me dicen que tengo las defensas por debajo del suelo, aproximadamente hacia la zona del centro de la tierra y que tengo las transaminasas altísimas y una inflamación hepática. 

Que me quedo ingresada mientras me hacen más pruebas. 

Y así fue. Una semana. 

Siete días con sus siete noches. Sin mi marido y mis hijos. Con mi madre teniendo que viajar y venir a echar una mano. 

Con todo el mundo preocupado, porque aquello no mejoraba y seguíamos sin saber qué tenía. ¿algo vírico? ¿bacteriano?

Con tres antibióticos a ver si mataban el “bicho” que fuera. 

Perdiendo peso, fuerza y la paciencia. 

Pero al final, llega la luz. Y por suerte, pasados siete días, empezaron a remitir la fiebre y a subir las defensas y me dieron el alta. 

Me enviaron a casa con vigilancia y analíticas cada semana al principio, para ver si se restablecían todos los valores. 

Y cuando llevaba dos días en casa. ¡SORPRESA!

Llamada del hospital de referencia para decir que han llegado los resultados de las pruebas (que habían tenido que enviar fuera) y que ya saben lo que tenía. Que me había dado positiva la Coxiella burnetii

¿Y esa quién es?
Pues es una bacteria que causa en los humanos la fiebre Q, enfermedad zoonótica que nos pueden transmitir a los humanos animales como la cabra (que había dado la leche del queso que me comí). 

Pues así es. Me comí un queso casero y a los 10-15 días empecé con síntomas similares a los gripales y una inflamación hepática que casi acaban con mis fuerzas. 

Tardé más de un mes en recuperar las fuerzas, el peso perdido y bastante más en que mis analíticas fueran normales. Y me tuve que tomar durante 15 días otro antibiótico, que era el indicado para esa bacteria.

Y fue mi culpa. Y sé que todos lo hacemos alguna vez. Y que creemos que no nos va a pasar nada. Y puede que no pase. Casi nunca pasa. Pero ¿y si pasa? ¿y si te toca?

Otro día hablaremos de para qué sirven los controles sanitarios de las explotaciones ganaderas y los registros sanitarios de los productos destinados al consumo. 

Pero seguro, que después de mi historia, os podéis hacer una idea. 

¡Hasta la próxima!